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Poner límites no es autoritarismo: es la manera de cuidar

Especialistas en crianza advierten que el diálogo sin firmeza confunde a los chicos y puede complicarles el manejo de la frustración. La clave, dicen, está en sostener la palabra con afecto.

Por Cecilia AbregúSociedad y vida cotidiana · 27 de agosto de 2026 · hace 1 d

"Yo con mi nene hablo y le explico todo, pero a veces siento que me pasa por arriba". La frase la dijo Marcela, mamá de dos chicos de Palermo, mientras esperaba el 39 en la esquina de Santa Fe y Juan B. Justo. Resume una inquietud cada vez más repetida en los consultorios y en las mesas de familias argentinas.

Cada vez más hogares reemplazan los gritos y los castigos por conversación. El problema aparece cuando el diálogo se vuelve una negociación sin fin y el adulto termina cediendo para evitar el conflicto. Ahí, dicen los especialistas, se pierde algo central del cuidado.

Autoridad no es lo mismo que autoritarismo

La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", marca la diferencia con una frase directa: "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso".

Para la especialista, el autoritarismo es un abuso de poder. Respetar a un chico o a un adolescente no significa dejarlo hacer lo que quiera: el respeto se sostiene en el buen trato, no en la falta de normas.

  • Estilo autoritario: reglas rígidas y poca escucha.
  • Estilo permisivo: mucho afecto, pero límites difusos.
  • Estilo democrático o autoritativo: normas claras combinadas con diálogo y contención, el más recomendado por los especialistas.

Los límites como aprendizaje cotidiano

La psicóloga Deborah Bellota advierte que muchos padres permisivos son muy afectuosos, pero evitan poner límites "por miedo a que el hijo se enoje con ellos". Esa dinámica puede favorecer la autoestima, aunque también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a las figuras de autoridad.

Raschkovan lo resume así: "Los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración".

Esa capacidad no aparece sola: se aprende. Si un chico no escucha el "no" en un entorno seguro, le cuesta desarrollar los recursos emocionales para procesar situaciones difíciles afuera de la casa. Por eso el trabajo del adulto no termina cuando dice "no": sigue con el acompañamiento, que es lo que vuelve al límite una herramienta de cuidado y no una imposición.

Mi propuesta es simple y concreta: la próxima vez que un límite se tambalee, sostenerlo con calma y con palabras. Autoridad con presencia, sin violencia. Cuidar también es decir que no.

CA
Cecilia AbregúSociedad y vida cotidiana

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