De Manuale a Wilde: cuando un buen guion se anima a correrse del libreto
Olivia Wilde toma la obra de Cesc Gay, le cambia el traje, le agrega capas y la devuelve a la pantalla con un drama más amargo y silencioso. Una invitación a la que conviene aceptar.
"Sentimental" ya era una pieza incómoda: un matrimonio que acepta una cena con desconocidos y termina verificando, cuarto por cuarto, todo lo que viene pudriendo la convivencia. La invitación, la versión que Olivia Wilde acaba de estrenar, parte exactamente del mismo punto de partida, conserva la cena, el departamento, los chispazos y hasta al músico frustrado que se entera tarde de los planes, pero se permite varios desvíos que la vuelven una película distinta, no una mera copia con subtítulos.
Lo que Wilde se anima a cambiar
El primer movimiento es de puesta en escena. Donde Cesc Gay elegía un tono teatral, casi de obra en una caja, Wilde abre la cámara, deja circular a los personajes y les permite moverse dentro del cuadro. La cena deja de sentirse como un ejercicio de cámara fija para ganar ritmo,sin perder la sensación de encierro.
El segundo, y más jugoso, es de personaje. Wilde se reserva un papel que en el original era apenas funcional y lo vuelve alguien con pasado: hay referencias a una carrera artística abandonada, gestos cotidianos que de a poco arman un retrato más completo. Edward Norton,el vecino despreocupado que todos envidian,recibe también un pasado que justifica esa fachada de buen humor impenetrable.
“Cada cambio de la versión original fue pensado para que lo cómico se siga sintiendo cómico y lo dramático deje de ser un cameo.”Fernando Yapura
El poliamor como punto de quiebre
- En "Sentimental" la revelación de la pareja poliamorosa funciona como un chisme que genera rechazo inmediato.
- En "La invitación" la misma revelación incomoda de otro modo: el personaje de Seth Rogen responde con curiosidad mezclada con inseguridad.
- Esa duda encarna la fractura que la película quiere mostrar: el matrimonio protagonista ya venía roto y el plato sólo lo confirma.
- El giro sostiene un cambio de tono: la comedia cede paso a un drama reflexivo sin pedir permiso.
Y ese tono se nota en el final,donde la diferencia se vuelve declaración de principios. Adiós al sexo aparentemente reconciliador que cerraba el original; acá la imagen es más discreta, más cargada y,sobre todo,más ambigua. Rogen retoma un piano que había dejado atrás y Wilde toca junto a él. Lo que ese momento significa para los dos queda abierto, y ahí está la apuesta: Wilde prefiere la incomodidad de no cerrar a la seguridad de un broche complaciente.
¿La ambigüedad suma o le resta fuerza al cierre? Suma, y por golea. Una comedia que termina con risas pactadas no enseña nada; un drama que termina con una imagen abierta deja al espectador la tarea de completar la historia,que es exactamente la clase de invitación que justifica volver a un material conocido sin sentir que repitieron la misma cena dos veces.
Mientras la programación oficial insiste en convocar espectadores con títulos que ya vieron la semana pasada, conviene recordar que todavía existen obras independientes que se bancan terminar sin explicarlo todo. Siesta mentalidad sigue cuajando, el Septiembre Musical va a tener que aceptar,por fin,que la nota más sensible del año no la toca él.
