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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Aaron Sorkin se vuelve a hacer solo el daño: vuelve a dirigir y vuelve a perder

La secuela espiritual de La red social llega con un director que no se banca a sí mismo, un montaje sin urgencia y la confirmación de una teoría que el propio filme se encarga de refutar.

Por Fernando YapuraCultura y espectáculos · · hace 2 d
Aaron Sorkin se vuelve a hacer solo el daño: vuelve a dirigir y vuelve a perder

"Un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y se llevan todo por delante", dice el personaje de Bill Burr en algún momento de El precio de la red, y uno no puede evitar pensar que Aaron Sorkin escribió esa línea sabiendo perfectamente de qué hablaba. La frase, que ya circulaba en los tráilers, es la mejor síntesis posible de lo que ofrece la película: un autor que se ríe de sus propios vicios sin estar dispuesto a corregirlos.

El problema no es el guión, es la silla de director

Vayamos a lo concreto. El precio de la red funciona como secuela temática de La red social y arrastra, al mismo tiempo, los tics visibles de The Newsroom y de aquel proyecto sobre el 6 de enero que Sorkin lleva años intentando levantar sin éxito. El guión, como suele ocurrir con este autor, tiene momentos brillantes: diálogos que suenan mejor en voz alta que en la pantalla, réplicas que uno quiere subrayar. El inconveniente es que nadie lo frenó a tiempo.

El propio recorrido del guionista como director es bastante elocuente. David Fincher en La red social, Danny Boyle en Steve Jobs y Rob Reiner en Algunos hombres buenos fueron los encargados de poner orden en sus excesos. Cuando Sorkin se dirige a sí mismo, aparecen los soliloquios eternos, las escenas de interiores mal iluminadas y una montaña de idealismo que aplasta cualquier verosimilitud. Es lo que pasa acá: un director de fotografía que viene de La red social, y sin embargo una iluminación de interiores que parece resuelta con dos veladores y un tubo de luz.

  • Soliloquios larguísimos que existen más para lucirse en lectura que para explicar algo.
  • Interiores mal iluminados en una película con presupuesto para no tener ese problema.
  • Montaje sin urgencia: las escenas se estiran como si el reloj no existiera.
  • Un idealismo de manual que el propio Sorkin reconoce en sus diálogos pero no corrige.

Mientras tanto, la cartelera independiente ofrece alternativas bastante más interesantes para esta semana: vale la pena rastrear la programación de los centros culturales barriales, donde suelen estrenarse títulos argentinos y latinoamericanos que pasan por debajo del radar de las grandes cadenas. A veces, la mejor defensa contra un estreno que decepciona es no regalarle la butaca.

“Mientras los autos derrapan y atropellan todo, Sorkin sigue parado en la esquina, con los brazos caídos, mirando.”El personaje de Bill Burr, en El precio de la red

¿Coincido con la lectura de que Sorkin funciona mejor con otro director? Sí, sin dudarlo. Y no es una opinión caprichosa: lo dicen sus propias películas, lo dijo Fincher en su momento, lo dijo Boyle y lo dijo Reiner. Lo dice, sobre todo, El precio de la red, que incluye la autocrítica como si fuera un chiste privado del autor con su público. El problema es que cuando uno hace la autocrítica y no toma nota, deja de ser autocrítica y pasa a ser confesión.

Dicho esto, y ya que estamos a fines de septiembre, una recomendación gratis para los que siguen leyendo: no se gasten la plata en la entrada al Septiembre Musical pensando que van a ver algo nuevo. La programación oficial suele repetirse año tras año con los mismos nombres y los mismos repertorios, así que mejor busquen una orquesta independiente, un coro de barrio o un centro cultural que programe algo distinto. A veces el mejor plan es el que no figura en la grilla oficial.

FY
Fernando YapuraCultura y espectáculos

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