Cuando un chat se vuelve un campo minado: por qué leemos entre líneas y reventamos la pareja
Las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño advierten que las respuestas cortas y las demoras no alcanzan para saber qué siente el otro. Pistas concretas para cortar la sobreinterpretación antes de que la discusión explote.
"Me dejó en visto, le mandé un par de audios y ni siquiera los abrió. Sabía que algo malo pasaba". Lo escuché ayer en la vereda de siempre, en Caballito, mientras esperaba el 15 que nunca llega a horario. La vecina lo decía con esa certeza que da el daño reciente: si el otro no contestó, algo horrible está ocurriendo.
Lo que pasó y lo que inventamos
La neuropsicóloga Karina Carreño propone una distinción incómoda: que la pareja haya respondido con pocas palabras es un hecho; que esté enojada, una suposición. Antes de reenviar el audio al grupo de amigas, conviene frenar y hacer esa separación. Regular la ansiedad, aclarar dudas y no dar por cierta una intención que todavía no conocemos es el primer paso para no armar un melodrama en un grupo de WhatsApp.
La comunicación directa, dicen las especialistas, devuelve información que la pantalla nunca va a dar. Preguntar achica la incertidumbre y baja la reacción de alerta. Y también aclaran algo que a muchos les cuesta escuchar: no siempre vamos a tener una explicación en el momento justo en que aparece la inquietud.
Prestar atención a lo que se siente, no solo a lo que dice el otro
La psicóloga Marina Mammoliti suma otra herramienta: mirar la propia. En lugar de descifrar al otro como si fuera un código secreto, sugiere preguntarnos qué nos pasa frente a ese silencio o esa respuesta corta. Ese corrimiento del foco interrumpe la interpretación constante y permite volver a una conversación de personas y no de sospechas.
- Separar el hecho de la interpretación: lo que pasó de lo que le agregamos.
- Regular la ansiedad antes de responder, no después.
- Preguntar de manera directa, sin acumulados ni reproches.
- Aceptar que no siempre habrá respuesta inmediata.
- Reconocer la propia emoción en lugar de intentar leer la del otro.
- Volver al diálogo antes de que las conjeturas dirijan la relación.
¿Por qué cuesta tanto hacerlo? Carreño lo explica así: cuando falta información sobre los sentimientos ajenos, el cerebro intenta completarla como puede, echando mano a viejas experiencias, miedos e inseguridades. Así, una demora de veinte minutos se transforma en prueba de desinterés, aunque no haya un solo dato que lo sostenga.
Mammoliti agrega que las experiencias dolorosas pesan. Una necesidad genuina de estar a solas puede leerse como indiferencia cuando hay miedo al abandono de fondo. La baja autoestima, la inseguridad o un antecedente de infidelidad funcionan como combustible para la búsqueda de confirmaciones y para el intento de controlar al otro, algo que termina agotando a las dos partes.
El punto de quiebre, según Carreño, llega cuando las conjeturas empiezan a dirigir las respuestas: discusiones por escenas inventadas y pedidos reiterados de seguridad que van mellando la confianza. Por eso, el consejo práctico de las dos especialistas es volver siempre a los hechos y abrir el diálogo antes de que el relato interno se imponga sobre lo que de verdad pasó.
Me quedo con una idea simple, de esas que parecen obvias y sin embargo nos cuesta poner en práctica. Antes de mandar ese tercer audio enojado o de dar por sentado que el otro ya no nos quiere, una pregunta directa, en el momento justo y en buen tono, le ahorra a la pareja un quilombo innecesario. Si te pasa como a la vecina de Caballito, probá hacerlo la próxima vez: preguntar primero, interpretar después. Te puede ahorrar una noche entera de insomnio.
