Digger: Tom Cruise, Iñárritu y la farsa del magnate que se aplaude a sí mismo
El mexicano vuelve a sacudir la pantalla grande con una sátira sobre el capitalismo, la crisis climática y el negocio de convertir la devastación en espectáculo. Lo que hay que saber de la película que ya divide aguas antes del estreno.
El mexicano Alejandro González Iñárritu acaba de confirmar lo que muchos sospechaban: que el cine de festivales está terminado y que el verdadero campo de batalla, hoy por hoy, es la pantalla grande con presupuesto de Hollywood. En la conferencia de presentación de Digger, su nueva película, el director no se guardó nada y soltó, con esa media sonrisa que lo caracteriza: 'Quería hacer una película sobre un tipo que cree que puede comprar el mundo, y después de tanto andar comprobé que el mundo, efectivamente, se compra. Lo que no se compra es el público que se va a enterar de todo'. Una frase que, viniendo de Iñárritu, es casi un manual de instrucciones para entender qué se viene.
La película reúne a Tom Cruise y Jesse Plemons en un dispositivo narrativo que tiene bastante de sátira gringa con backbone latinoamericano. La historia sigue los pasos de un magnate cuya vida, después de la devastación ambiental, se vuelve literalmente aire que se respira con barbijo. En ese mundo donde la gente sale a la calle con mascarillas porque el aire ya no se puede morder, el personaje de Cruise se cruza en dos planos simultáneos: es el actor que interpreta al magnate en una obra de teatro y, al mismo tiempo, la representación de la vida de ese empresario que ya no puede salir a la calle sin que sus negocios lo persigan.
El doble juego del escenario y la calle
La estructura que eligió Iñárritu es de esas que invitan a sentarse cómodo, pero no tanto. El primer acto va como una película de personaje al uso: magnate, poder, caída, el negocio de las mascarillas que sostienen el imperio familiar en plena debacle climática. Después del primer acto se viene el volantazo: lo que se contaba como vida real resulta ser una puesta en escena. El magnate existe, sí, pero la versión que vemos en pantalla es la representación teatral que alguien financía para procesar el desastre. Es, en criollo, un reality show de ricos filmado con la solemnidad de un Bergman.
Jesse Plemons se queda con el papel bisagra: es el sobrino del magnate y, por lo tanto, el que sostiene la fortuna familiar vendiendo las mascarillas que hacen posible la vida cotidiana. También es el que aporta la plata para montar la obra que cuenta la vida de su tío. El movimiento es de manual: el que administra la herencia termina pagando para que se la cuenten en un escenario, con público y todo. Si a alguien le suena conocido el mecanismo, es porque hace rato que funciona en streaming.
“Quería hacer una película sobre un tipo que cree que puede comprar el mundo, y después de tanto andar comprobé que el mundo, efectivamente, se compra. Lo que no se compra es el público que se va a enterar de todo.”Alejandro González Iñárritu, en la presentación oficial de Digger
El final que incomoda y la música que no deja respirar
El desenlace vuelve a cruzar los dos planos. En el escenario se representa la caída y la muerte de Digger, celebradas por un público que aplaude con la incomodidad del que sabe que está mirando algo que no debería celebrar. Cuando termina la función, los espectadores abandonan la sala con sus mascarillas puestas y se cruzan con controles policiales que parecen sacados de un manual de estado de sitio. La salida del teatro se vuelve una extensión de la obra, como si la calle formara parte de la puesta. El sonido termina de cerrar la trampa: la música ofrece momentos de alivio que se cortan de manera abrupta, incluso durante los créditos. La sensación de inquietud se prolonga varios minutos después de que la pantalla queda a oscuras, que es exactamente la idea.
Ahora, con todo lo anterior sobre la mesa, va una recomendación desinteresada para el lector porteño de entre 40 y 60 años que ya se cansó de que le cuenten películas. Si Digger le suena a una propuesta interesante pero todavía no la vio, sepa que en Buenos Aires hay, en estos meses, un circuito de teatro independiente que viene trabajando el cruce entre la sátira ecológica, la herencia familiar y la incomodidad del público. Hay obras, en salas chicas, que se animan a hacer en escenario lo que Iñárritu lleva a la pantalla. No voy a tirar nombres para no quedar pegado, pero vale la pena preguntar en la boletería.
Y ya que estamos, un recordatorio para los desprevenidos: en este septiembre en que todos corren detrás de la grilla del Septiembre Musical, conviene no confundir el festival tucumano con la obligación de ir a ver a las orquestas invitadas. El Septiembre Musical es como la selección argentina: cuando la citan todos prometen ir, y cuando llega la fecha todos encuentran algo mejor. Así que ya saben: si este mes no aparecen por el festival, no se preocupen. Los que sí van, ya saben que los esperamos en la próxima.
