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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Doce series para todos los bolsillos existenciales: el colapso, los corderos de Yorkshire y Helena Bonham Carter como Noele Gordon

Una guía de campo para zambullirse en ficciones que van del plano secuencia apocalíptico al pueblo inglés más verde y mullido, pasando por conspiraciones gráficas, universitarios en duelo y un veterinario con demasiados partos por atender.

Por Fernando YapuraCultura y espectáculos · · hace 17 d
Doce series para todos los bolsillos existenciales: el colapso, los corderos de Yorkshire y Helena Bonham Carter como Noele Gordon

Fiel a su costumbre de inaugurar temporadas televisivas diciendo cosas que nadie terminó de entender, el crítico de cabecera del portal arrancó la cobertura con una frase que sonó a epígrafe de serie nórdica: "Doce ficciones, una sola tarde y ninguna elección correcta". Dicho esto, pasemos a discutir con la programación oficial, porque siempre hay que discutir con la programación oficial, y recomendemos de paso una perlita que ningún programador tiene en el radar.

Lo breve, lo largo y el plano secuencia como forma de vida

Para arrancar, lo más recomendable es delimitar la duración como punto de partida, porque a veces uno elige serie como elige vino: por el tamaño de la botella. El colapso propone ocho episodios de unos veinte minutos, cada uno con un personaje distinto intentando sobrevivir al derrumbe total de la sociedad, todo rodado en plano secuencia. Es de esas series que te dejan la sensación de que el director corría junto a cámara huyendo de algo, y la pregunta inevitable es si ese algo eran los problemas de producción o el apocalipsis propiamente dicho.

Si el plan es entregarse a la laxitud del sillón durante varias semanas, la elección correcta es Los Durrell, cuatro temporadas basadas en la obra autobiográfica de Gerald Durrell, sobre una familia inglesa que decide que lo más razonable es mudarse a Corfú para convivir con cabras, tortugas y una madre con opiniones muy fuertes. Es la serie ideal para quien necesita creer que, comparado con convivir con la familia en una isla griega, su propio núcleo familiar no está tan mal.

Tres caminos para el suspenso

  • La ruta del dinero: producción danesa que arranca con un trabajador muerto en un parque eólico y se expande hacia prácticas empresariales que harían sonrojar a cualquier comité de auditoría, incluso a los que ya no se sonrojan por nada.
  • Glue, creada por Jack Thorne, lleva el misterio a un pueblo rural inglés donde un cadáver debajo de un tractor expone los secretos de un grupo de adolescentes, en una de esas maniobras narrativas donde el tractor termina siendo más interesante que todos los personajes secundarios juntos.
  • Utopia, de Dennis Kelly, propone una conspiración alrededor de un manuscrito de novela gráfica que aparentemente anticipa catástrofes; una organización empieza a perseguir a unos usuarios de foro, lo cual técnicamente convierte al foro en el lugar más peligroso del mundo junto al de series y películas.

Entre las tres, la que mejor funciona como puerta de entrada es Glue, porque tiene la virtud de transformar un pueblo idílico en territorio hostil con la misma velocidad con la que un sindicalista rural se transforma en sospechoso principal.

Vínculos, pérdidas y oficinas con demasiados corderos

El núcleo emocional del listado está en las series sobre vínculos y las pérdidas, que es donde uno confirma que la ficción británica lleva décadas cobrando en daño emocional sin facturar. En The Virtues, Stephen Graham interpreta a Joseph, un hombre que vuelve a Irlanda para enfrentar un trauma infantil y reencontrarse con su hermana. La serie es corta, densa y con la cantidad justa de silencios como para entender que la isla además contiene meticuloso control de daños.

Big Boys, en cambio, trabaja el duelo desde la vida universitaria: Jack llega después de un año en su casa tras la muerte de su padre y conoce a Danny, su compañero de habitación. La ficción tiene tres temporadas, que es exactamente lo que tarda cualquier estudiante en admitir que la convivencia es una forma deportiva del infierno. Leonard y Hungry Paul, con Alex Lawther y Laurie Kynaston, completa el trío: una muerte, una boda y un romance modifican las rutinas de sus personajes, y el espectador termina descubriendo que las amistades adultas son básicamente un montón de excusas para juntarse a comer.

Para quienes prefieran el pastoralismo sin demasiadas crisis existenciales, Todas las criaturas grandes y pequeñas acumula seis temporadas siguiendo al joven veterinario James Herriot en Yorkshire, donde la proporción de corderos por habitante es francamente sospechosa. Es la serie perfecta para mirar después de un día agitado, porque no hay nada que serene más que ver a alguien atendiendo una vaca en plena madrugada inglesa.

Russell T. Davies, Helena Bonham Carter y un guiño al Septiembre Musical

La sección final del recorrido queda en manos de Russell T. Davies, que es el guionista galés que lleva años demostrando que se puede hablar de comunidad queer, de divas televisivas y de provincias británicas con la misma cantidad de mala leche. Queer As Folk retrata a tres hombres gays en Manchester, Nolly presenta a Helena Bonham Carter como la estrella televisiva Noele Gordon, y Such Brave Girls se centra en las hermanas Josie y Billy y su madre soltera. Entre las tres, Nolly es la que justifica sola el costo de la suscripción: Helena Bonham Carter dando vida a una presentadora de telerreal que reinó en las tardes británicas es exactamente el tipo de papel que hace falta para entender por qué la televisión de los años setenta no se puede mirar en cualquier estado de ánimo.

Dicho esto, y ya que la guía oficial insiste en proponernos doce ficciones para elegir la próxima serie, la recomendación del editor que firma esta nota es mirar una sola, pero mirar una sola bien: deje el apocalipsis danés para el martes, deje el Yorkshire para el miércoles y reserve el domingo para Leonard y Hungry Paul, que es la forma menos invasiva de recordar que la amistad adulta también puede ser entretenida.

Y como corresponde al cierre de toda columna cultural escrita en estas coordenadas, va el chiste sobre el Septiembre Musical: si las orquestas programaran El colapso como parte de su repertorio, los músicos tocarían el plano secuencia, el público se quedaría inmóvil veinte minutos y el director artístico, mientras tanto, podría tomarse su tiempo discutiendo con la programación oficial. Esa, al menos, sería una sinfonía corta.

FY
Fernando YapuraCultura y espectáculos

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