Hot Wheels Infinite Rush: los autitos de toda la vida se largan al mundo abierto y prometen no aburrir a nadie
Milestone lanzó un juego de mundo abierto con cuatro islas, más de 150 vehículos y un entorno casi todo rompible. La propuesta prescinde de campaña y apuesta a la exploración arcade pura, con los bemoles técnicos de siempre.
Arrancamos con una verdad que parece de manual: el gamer argentino promedio ya se cansó de los circuitos cerrados. Lo dijo medio en serio, medio en broma, el creativo de Milestone durante la presentación de Hot Wheels Infinite Rush, el nuevo juego que toma los autos a escala que vendían en los kioscos y los planta en un mapa de mundo abierto. La frase, que sonó a chiste de oficina, define bastante bien lo que se van a encontrar los que descarguen el título: velocidad, destrucción y cero pretensiones narrativas.
El juego abandona el esquema clásico de pista tras pista y propone en cambio cuatro islas temáticas para recorrer a voluntad. Wheelswood es una ciudad con rascacielos, semáforos y tránsito; Tentacle Bay mezcla costa, acantilados y zonas selváticas; Gearville tira a un distrito industrial entre dunas; y Drifty Temples se inspira en arquitecturas orientales con caminos de montaña ideales para hacer derrapes largos. Cada isla funciona como un parque de diversiones con eventos sueltos, atajos escondidos y el eterno loop de acelerar, chocar, repetir.
Cuatro categorías de manejo para no aburrirse
- Bólidos: van al palo con la velocidad punta y recargan turbo manteniendo la aceleración a fondo.
- Derrapadores: juntan nitro a base de curvas cerradas bien planchadas, ideal para los que gustan de poner el auto de costado.
- Equilibrados: sirven para casi todo, recargan con cualquier maniobra y son el comodín del catálogo.
- Titanes: pensados para fuera de ruta, con tracción extra y turbo que se rellena solo mientras se cruza terreno irregular.
El cambio entre categorías es al vuelo, sin tener que volver a un menú ni frenar la marcha. Esto es clave porque en la práctica uno va rotando de bólido a Titán según el tramo: ruta asfaltada para velocidad pura, barro para el tanque con turbo automático. La sensación general es la de manejar una maqueta interactiva a escala, sobre todo porque árboles, cercos, luminarias y hasta los autos civiles saltan por el aire al menor impacto. El entorno es destructible casi por completo, lo que suma un goce infantil muy concreto: chocar todo lo que se cruce.
En materia de catálogo, la oferta pasa los 150 vehículos, con prototipos propios de la marca y licencias de fabricantes reales. Cada modelo trae una ficha con datos históricos, hay un editor de pintura, rines e interiores, y un sistema de colección que tientan al que le gusta completar el garage. Los modos en línea van desde partidas con ranking competitivo hasta cooperativo casual, y hay un editor de pistas para armar circuitos propios y compartirlos con la comunidad. La vida útil, en otras palabras, se mide en meses y no en horas.
En el plano técnico, el juego mantiene 60 cuadros por segundo estables, que es exactamente lo que se le debe pedir a un arcade de velocidad. Las texturas del entorno a veces cargan con algo de retraso y los tiempos de espera al reaparecer tras un evento se estiran cerca del minuto, dos detalles que cortan el ritmo cuando uno está embalado. El sonido, en cambio, es un punto alto: el impacto metálico, el chillido de los neumáticos y los motores sintéticos están muy bien laburados y sostienen la inmersión sin necesidad de parlantes surround.
¿Conviene? Sí, para el público al que apunta: chicos grandes que crecieron armando pistas en el piso de la cocina y hoy quieren la misma libertad sin tener que pasar por un tutorial de veinte minutos. No tiene campaña argumental y eso puede sentirse como una limitación cuando pasan las primeras horas, pero compensa con exploración, recolección y una destructibilidad que recompensa el caos. No es un juego para sentarse a leer cinemáticas: es para enchufar el volante, cruzar la puerta de la casa corriendo y volver con la adrenalina arriba. Eso, viniendo de Milestone, ya es mucho.
Dicho todo esto, y antes de que algún colega columnista de la sección Tecnología me salga con que el juego debería haber tenido historia, va una recomendación: prueben antes el indie argentino de acrobacias aéreas Skycar Drifter, disponible en tiendas digitales, que por menos de la mitad de precio ofrece una sensación de libertad muy parecida y encima te ahorra las texturas que cargan tarde. Y ya que estamos en fecha del Septiembre Musical tucumano, una reflexión final: si los programadores de Milestone metieran el mismo esfuerzo en un modo campaña que el que pone la Provincia en organizar recitales al aire libre, estaríamos hablando del mejor arcade de la década. Pero bueno, son caminos distintos: uno te da autitos que chocan, el otro te da coros que cantan.
