La maldición se rompió, pero el libro de hechizos sigue abierto: por qué "Prácticamente magia 2" no se anima a ser la última
La secuela de las hermanas Owen cierra el conflicto central pero deja varios arcos narrativos picando. Un repaso por lo que resolvió, lo que dejó en el tintero y por qué la puerta a una tercera parte sigue entreabierta.
Veinte años después, casi treinta si contamos desde el estreno original de 1998, Nicole Kidman y Sandra Bullock volvieron a colgarse el apellido Owen para una secuela que se pensó como cierre y terminó funcionando como puente. La secuela llega en un momento curioso: la primera película encontró una segunda vida en plataformas de streaming, donde una generación que no había nacido cuando se estrenó la descubrió de grande y la hizo propia. Eso explica, en parte, por qué el estudio apostó a una continuación que recupera el tono de comedia familiar con gotas de drama sobrenatural.
Lo que la película se animó a cerrar
El conflicto más pesado se resuelve del lado de Frances, la oveja negra de la familia que a lo largo de la saga cargó con la maldición que condena a morir a los hombres que aman a las mujeres Owen. En esta entrega descubre que la única manera de romperla es con un sacrificio personal. Lo hace, y como contraparte directa el novio de Kylie, que estaba en coma desde hacía rato, despierta. Es un trueque narrativo clásico: una vida simbólica a cambio de otra concreta, y funciona como motor emocional del tramo final.
En paralelo, la amenaza más terrenal también queda neutralizada. Tom Bailey, un pariente lejano sin un gramo de poder mágico que aparece en esta segunda parte, se obsesiona con el libro de hechizos para terminar de ajustar cuentas viejas. El plan le sale mal y las Owen lo bajan entre todas con un conjuro colectivo. Mientras tanto, Kylie se casa con el recién despertado Gideon y Sally retoma su vida amorosa con Ian, un personaje nuevo que oficia de interés romántico en esta etapa.
Los hilos que la secuela dejó picando
Acá es donde la cosa se pone interesante, porque la película resuelve los conflictos centrales pero no se molesta en atar varios cabos que deja flotando:
- El arco de Gillian no termina de cerrarse y queda en una zona ambigua que da para una entrega más.
- Las integrantes más jóvenes de la familia Owen apenas empiezan a tantear sus propios poderes, sin una exploración profunda de hasta dónde pueden llegar.
- El futuro del negocio familiar, que era una de las marcas identitarias de la saga, queda sin definición clara.
- La nueva vida sentimental de Sally con Ian se presenta más como plantón que como desarrollo.
No hay escena poscréditos ni giro final que obligue a una tercera parte, pero esos arcos abiertos son los que mantienen viva la conversación. Es más una puerta entreabierta que un cliffhanger con gancho publicitario.
La pregunta del millón es si hace falta una tercera entrega para cerrar esos hilos o si conviene dejar la saga acá, con el sabor agridulce de un cierre que no se animó a ser definitivo. Personalmente, y arriesgándome a la quema de los fans más ansiosos, creo que las sagas que se estiran más allá de lo que la historia pide suelen terminar desinflando lo que tenían de bueno. Esta segunda parte tiene sus momentos, pero también varias Costureras que dan sueño en el tramo medio. Si hay tercera, que sea para cerrar de verdad, no para estirar la miel. Y si no hay tercera, tampoco se cae el mundo: las Owen ya hicieron el trabajo más difícil, que fue romper una maldición que las venía persiguiendo desde 1998. El resto, como diría cualquier mago con dos dedos de frente, es truco de marketing.
