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La noche en que Scola convirtió 37 puntos ante Brasil y se metió para siempre en la historia del básquet argentino

Hace dieciséis años, en el Mundial de Turquía, el capitán aplastó a Varejao y Splitter, metió diez puntos seguidos en el cierre y firmó un récord que nadie de la selección pudo igualar. Desde la tribuna, Popovich se fue antes del final.

Por Emiliano GramajoDeportes · · hace 38 d
La noche en que Scola convirtió 37 puntos ante Brasil y se metió para siempre en la historia del básquet argentino

El 7 de septiembre de 2010, en Estambul, no fue una fecha más para el básquet argentino. Fue la noche en que Luis Scola, en el estadio Sinan Erdem, tomó el partido de la Copa del Mundo por la mano propia y no lo soltó hasta el último segundo. Frente a Brasil, con el seleccionado en un cruce decisivo, el ala pivote firmó una actuación que, dieciséis años después, sigue siendo referencia obligada.

El número resume todo: 37 puntos, récord absoluto para un argentino en Mundiales. Pero la cifra sola no alcanza para entender lo que pasó en esa cancha. Scola dominó el poste bajo con movimientos de pies milimétricos, se fabricó sus propios tiros y obligó a la defensa brasileña a probar de todo para frenarlo. No le alcanzó.

Diez puntos seguidos para cerrar el partido

Porque faltaba lo mejor. En los últimos tres minutos, cuando Brasil se venía con todo, Scola se adueñó del cierre. Metió diez puntos consecutivos, uno tras otro, para sentenciar el 93-89 que encaminó la ilusión argentina en Turquía. Estuvo apenas un minuto afuera de la cancha en todo el encuentro. Ni un respiro, ni una rotación: el tipo quería ganar y se notaba.

El que lo padeció desde el otro lado fue nada menos que Tiago Splitter, figura de la liga y pivote de proyección NBA. Lo probó en el uno contra uno, lo probó con fouls, lo probó con ayudas. Nada le salió. Lo mismo le pasó a Anderson Varejao, el otro interno brasileño, que terminó siendo un espectador más del show del capitán.

Popovich se levantó y se fue

En la tribuna había un ojo que miraba con incomodidad: Gregg Popovich, entrenador de los San Antonio Spurs, se levantó antes del final, pidió permiso y se retiró del estadio visiblemente molesto. El motivo no era el resultado del cruce. Los Spurs lo habían seleccionado en el draft, años atrás, y nunca lo habían contratado. Popovich, según reconstruye el libro El Abanderado, no dejaba de mascullar en el camino hacia la salida: «No puedo creer que cambiamos a este jugador».

“Ellos no saben que este fue uno de los partidos más emocionantes que me tocó jugar. Algún día alguien les contará.”Luis Scola, sobre sus hijos

El partido tuvo, además, una perlita que pinta de cuerpo entero al seleccionado de aquella época: Rubén Magnano, el entrenador que llevó a Argentina a la medalla dorada en Atenas 2004, esta vez dirigía al banco de enfrente, el de Brasil. Después del encuentro, el cordobés no tuvo más que rendirse. «De 10 posesiones, iba a tomar ocho. Así y todo, convertía», explicó sobre el rendimiento de Scola, al que definió como indescifrable.

Otra pieza clave fue Pablo Prigioni. El base, lúcido como siempre, manejó los tiempos y le sirvió a Scola varias de las pelotas que terminaron en puntos. La sociedad del interno con el conductor fue una de las imágenes más repetidas de esa noche turca.

Un registro que nadie pudo tocar

El Monumental, La Ciudadda y las estadísticas importan, claro, pero a veces alcanza con una fecha para entender por qué un jugador se vuelve eterno. Lo de Scola en Estambul fue de esas noches en las que el básquet argentino se mira al espejo y se reconoce. El récord sigue ahí, esperando. La nueva generación ya tiene el desafío de sentarse a mirarlo con detenimiento y, si se anima, empezar a tirarlo abajo.

EG

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