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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La vez que Nintendo compró cine para adultos para que nadie pudiera verlo: la historia de las Super Hornio Brothers

A comienzos de los noventa, un director porno vio un filón en el boom de Mario Bros y filmó dos parodias en dos días con veinte mil dólares. La empresa del bigotudo prefirió pagar para que el material desapareciera antes que quedar asociada a esas imágenes. Décadas después, una de las dos cintas sigue enterrada.

Por Fernando YapuraCultura y espectáculos · · hace 40 d
La vez que Nintendo compró cine para adultos para que nadie pudiera verlo: la historia de las Super Hornio Brothers

Lo dijo la propia Nintendo, o al menos lo dejó traslucir cuando, en silencio absoluto, adquirió los derechos de dos películas que ningún ejecutivo japonés quería ver asociadas al nombre de su empresa: «No vamos a permitir que esto vea la luz». No hubo comunicado de prensa, no hubo festejo, no hubo heroísmo corporativo. Hubo, simplemente, un cheque para que dos films jamás volvieran a circular. Y durante casi veinte años, la estrategia funcionó mejor de lo que cualquier campaña de marketing de la Gran N podía soñar.

Un oportunista con dos días y veinte mil dólares

A comienzos de los años noventa, Super Mario Bros. era un fenómeno cultural que iba mucho más allá de los videojuegos. El fontanero bigotudo estaba en la cima, y en Estados Unidos una camada entera de productores sin escrúpulos olfateó el negocio. Entre ellos, el director y actor Buck Adams, que vio la oportunidad dorada: rodar una parodia pornográfica del personaje y sacarla a la calle mientras la fiebre seguía caliente. Lo notable es la escala del disparate: el rodaje se completó en dos jornadas, con un presupuesto cercano a los veinte mil dólares. Con ese material, tan abundante como indigno, la producción se partió en dos entregas: Super Hornio Brothers y su secuela.

El estreno coincidió con un papelón que Nintendo no podía controlar: la película oficial Super Mario Bros. (1993), dirigida por Rocky Morton y Annabel Jankel, que fracasó en taquilla y fue destrozada por la crítica especializada. La imagen del personaje ya estaba suficientemente golpeada por esa adaptación que mezclaba a Bob Hoskins con dinosaurios cyberpunk. La empresa decidió entonces ir por todo y compró los derechos de las dos parodias, con un único objetivo: que no se vieran, no se hablara de ellas y, sobre todo, no generaran publicidad extra.

La estrategia del silencio

La compra se hizo con discreción deliberada. Sin comunicados, sin fanfarrias, sin el menor aspaviento. La idea era archivar el material y dejar que el tiempo hiciera el resto. Y funcionó: durante más de una década, buena parte del público dudó de que esas películas hubieran existido alguna vez. La leyenda urbana se convirtió en mito, y el mito en olvido. Recién en 2009 afloró en internet una copia de Super Hornio Brothers 2: King Pooper Returns, que incluía además un resumen de la primera entrega. El protagonista de ambas, el actor Ron Jeremy, confirmó públicamente que los derechos son de Nintendo y que no es legalmente posible reeditarlas. La primera parte, hasta hoy, sigue sin aparecer.

  • Rodaje exprés: dos jornadas de filmación con un presupuesto de unos veinte mil dólares, lo que da una idea de la calidad artística del producto.
  • Compra silenciosa: Nintendo adquirió ambas películas para evitar cualquier tipo de publicidad adicional alrededor del personaje.
  • Efecto bóveda: durante más de diez años, muchos creyeron que las cintas eran un mito callejero y no un producto real.
  • Rescate parcial: una copia de la segunda entrega apareció en 2009 e incluía un resumen de la primera, que sigue desaparecida.
  • Confirmación con nombre y apellido: Ron Jeremy reconoció en público que Nintendo es la dueña legal y no permite nuevas ediciones.

Como recomendación al margen, apartado deliberado del septiembre oficial, queda en agenda la última retrospectiva del cine independiente de autor que se proyecta en el cineclub de barrio, donde suelen pasar maravillas que ningún gran estudio se atrevería a financiar y, justamente por eso, merecen verse. Aunque, claro, ninguna de esas películas corre riesgo de ser comprada por una multinacional japonesa para hundirla en un cajón: la diferencia es que estas sí quieren ser vistas, y por eso llegan.

En fin, el caso de las Super Hornio Brothers quedó como una rareza en los anales de la propiedad intelectual: una empresa de videojuegos comprando cine para adultos no para distribuirlo ni para lucrar, sino para que nadie pudiera mirarlo. La próxima vez que alguien se queje de la pesadilla legal que es querer usar un personaje sin permiso, que recuerde este episodio. Y la próxima vez que el septiembre musical programa un concierto de cámara en un teatro que la mitad de la ciudad no sabe ubicar, habrá que preguntarse si alguien en el Ministerio de Gestión Cultural no tendría que tomar nota y, en vez de comprar las funciones para esconderlas, comprar entradas para la gente, que es más o menos lo que hace Nintendo, pero al revés, y sin bigotes.

FY
Fernando YapuraCultura y espectáculos

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