Mark Jenkin vuelve al mar y le mete un viaje en el tiempo a dos tipos que necesitan arreglar el techo
George MacKay y Callum Turner se embarcan en un pesquero que vuelve después de treinta años en la tercera película del director británico de «Bait». Fantasía, pobreza y Cornualles filmada en 16 milímetros.
Hay una frase que no aparece en ninguna gacetilla oficial pero resume mejor que cualquier comunicado el espíritu de «Rose of Nevada»: «Si el barco vuelve, alguien tiene que arreglar el techo». No la dijo ningún funcionario ni figura en el press kit, sino que la pronuncia uno de los personajes de la nueva película de Mark Jenkin, y sirve como declaración de principios de un cine que otra vez elige un pueblo costero, una economía que no cierra y a dos hombres con urgencias muy distintas para cruzar el límite de lo extraño. La tercera película del director británico de «Bait» llega con George MacKay y Callum Turner como protagonistas y con una pregunta que ya tiene respuesta en la primera escena: qué hace falta para que alguien se suba a un barco que aparece en el puerto después de treinta años sin dar señales de vida.
Jenkin vuelve a filmar en Cornualles, otra vez en 16 milímetros, otra vez con esa textura gastada que parece sacada de un archivo de los años setenta y que en 2025 ya no es un capricho estético sino una tomada de posición. La historia es simple en apariencia: un padre joven que necesita plata para arreglar el techo de su casa y otro hombre que quiere escapar de su propia biografía aceptan tripular el pesquero Rose of Nevada, reaparecido de la nada. A partir de ahí, el tiempo se comporta como se le antoja, y el montaje acompanha el desorden: secuencias que se intercalan sin continuidad lineal, como si el relato también hubiera zarpado y todavía no encontrara el rumbo.
Un puerto, un barco fantasma y dos muy distintos
MacKay encarna al padre con el techo roto, Turner al que mira hacia afuera para no verse en el espejo. Los motivos de cada uno son de lo más terrenales: plata y olvido, nada menos cinematográfico y al mismo tiempo nada más universal. Jenkin los pone a trabajar en una comunidad donde conseguir gente dispuesta a embarcarse es casi tan difícil como conseguir un trabajo en tierra. El regreso del Rose of Nevada funciona como un disparador económico antes que fantástico: el pueblo necesita pescar, el barco necesita tripulantes y los protagonistas necesitan lo que el barco les ofrece, sea un sueldo o una salida.
El componente de ciencia ficción o fantasía nunca se explica del todo, y eso es lo mejor que tiene la película. No hay exposición ni diagramas: el viaje temporal se vive, no se discute. La alteración del orden cronológico aparece tanto en la aventura de los personajes como en la forma de contarla, y esa elección no es decorativa: obliga al espectador a confiar en las imágenes y en los cuerpos de MacKay y Turner, que cargan con el peso de un relato que podría haber sido un folletín y termina siendo algo más incómodo.
Lo que se cuenta entre línea
- La economía de un pueblo costero del Reino Unido donde la pesca sigue siendo la única moneda de cambio posible.
- Los riesgos del trabajo en el mar, filmados con la rudeza habitual de Jenkin y sin de ninguna clase.
- El regreso del barco como metáfora visual de un pueblo que sobrevive con lo que el mar le devuelve.
- El 16 milímetros como firma autoral y como discusión implícita con la producción digital que domina la cartelera.
- La decisión de rodar otra vez en Cornualles con actores de sus filmes anteriores, un elenco que ya maneja el código del director.
Frente a la programación de los cines argentinos, que suele insistir en blockbusters de plataforma y remakes que nadie pidió, «Rose of Nevada» es de esas películas que aparecen sin hacer ruido y justifican el viaje a la sala. Si la encuentran en cartel, veanla en 16 milímetros si pueden. Si no, veanla igual. Y si lo que buscan es cine independiente argentino con la misma obsesión por el trabajo, el cuerpo y el tiempo, dense una vuelta por el September Musical: seguro hay alguna películaexperimental proyectada sobre una pared medianera mientras suena un cuarteto de cuerdas, que es exactamente la combinación improbable que Jenkin aprobaría. No, en serio: el September Musical ya tiene su orquesta, su coro y hasta su coro de vientos. Lo que le falta es una sección de cine con viajes en el tiempo, pero tiempo al tiempo.
