Salud mental infantil en alerta: los chicos llegan a las guardias cuando ya están al límite
Síntomas que se multiplican, profesionales que no alcanzan y un sistema que llega tarde. Lo que cuentan los equipos que atienden a niñas, niños y adolescentes que cargan violencias, pantallas y hambre en silencio.
“Mi hija dejó de dormir y de comer, y yo recién me animé a pedir turno cuando se cortó los brazos en el baño”. La frase la dijo una madre del barrio de Flores, mientras esperaba el 133 en la parada de la avenida Avellaneda. Es el mismo relato que escuchan, una y otra vez, maestras, pediatras y psicólogas en casi toda la Ciudad y el conurbano.
No es una impresión suelta. En consultorios, guardias y aulas se repite un patrón que preocupa: chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o comen de forma compulsiva, que se aíslan, que se lastiman o que dicen, con una crudeza que deja helado a cualquier adulto, que no quieren seguir viviendo.
La violencia como punto de partida
Las estimaciones de UNICEF marcan que 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o agresión sexual antes de los 18 años; entre varones, la proporción es de 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias queda silenciada, sin interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental se extienden durante toda la vida.
A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registrados en un expediente. La violencia no siempre llega como un golpe: muchas veces entra por la puerta del colegio, por la pantalla del celular o por la mesa familiar donde nunca sobra la comida.
Pantallas, apuestas y aprendizajes que se traban
- 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, según UNICEF.
- Casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzó el nivel básico en Matemática en las pruebas PISA 2025.
- Alrededor de 6 de cada 10 tampoco llegó al nivel básico en Lectura ni en Ciencias.
- El uso intensivo de pantallas funciona, en muchos casos, como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir.
Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración. Esos recursos se agotan cuando la energía psíquica de un chico está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono. Entonces la escuela ve un “problema de conducta”, el hospital ve un síntoma y la justicia ve una infracción. El chico, en el medio, se pierde como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que no se hablan entre sí.
Un sistema que llega tarde
Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y pide ayuda, se topa con servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención suele llegar fragmentada entre salud, educación y justicia. Y los equipos especializados son tan escasos que, en varias zonas del Área Metropolitana, una derivación puede tardar meses en efectivizarse.
“No nos falta sensibilidad; nos falta estructura. Atendemos crisis porque la prevención llegó tarde, y la prevención llega tarde porque no hay quién la haga.”Psicóloga infantil de un hospital público de la provincia de Buenos Aires
Lo que se necesita, dicen los equipos que trabajan en territorio, es concreto: más profesionales de salud mental en centros de salud y escuelas, dispositivos de escucha temprana en cada barrio, protocolos que articulen salud, educación y justicia, y financiamiento sostenido para los equipos que ya están desbordados. Si el Estado no garantiza esa red, los seguirán viendo en las guardias. Y para entonces, ya será tarde.
