Tres semanas, tres tomas y un final a último momento: la trastienda del parche que Lucas le hizo al Imperio
En 1980, con la película ya en unas cien salas en 70 milímetros, George Lucas detectó un problema de continuidad en el cierre de la saga. Lo que siguió fue una carrera contrarreloj que cambió el final sin avisarle a nadie.
Pocas cosas incomodan más a un director que ver su película en una sala llena y descubrir, ahí, delante de quinientos desconocidos comiendo pochoclos, que algo no cierra. Eso le pasó a George Lucas cuando fue a ver una de las primeras proyecciones en 70 milímetros de "El Imperio Contraataca", en 1980. Lo que vio lo dejó a mal traer: el corte entre la cabina del Halcón Milenario y la sala médica del otro bando, donde Luke y Leia se recuperaban después de la paliza en Bespin, no terminaba de aclarar si ambos espacios estaban dentro de la misma nave o si estábamos ante dos vehículos distintos. Para cualquier persona con vida social y dos horas libres, la diferencia era un detalle menor. Para Lucas, era un error que había que corregir antes del estreno masivo del 18 de junio. Y le quedaban, exactamente, tres semanas.
Una llamada a las nueve de la noche
La orden bajó desde Lucasfilm y aterrizó, primero, en el teléfono de Tom Smith, por entonces director general de Industrial Light & Magic. Su primera reacción fue la de cualquiera que escucha una locura a horario laboral: pensar que se trataba de una broma. La película ya estaba en cartelera, ¿de verdad le estaban pidiendo que la modificaran? Lucas tuvo que explicarlo casi como se le explica algo a un chico: todavía no se había estrenado en todas las salas, y había una ventana para meter mano. Después llamó a Ken Ralston, camarógrafo de efectos especiales que estaba en Los Ángeles tratando de recuperar algo de vida social después de meses de turnos nocturnos. Misma reacción. Mismo estupor.
La cirugía que había ideado Lucas requería tres tomas nuevas. La primera ampliaba la imagen de la flota rebelde para dar contexto. La segunda acercaba la cámara al Halcón Milenario en el momento en que la nave se acomodaba en la fragata médica. La tercera era la que hacía todo el trabajo invisible: conectar visualmente al Halcón con la nave donde estaban los demás personajes, de manera que quedara claro que compartían techo. Ralston se juntó con Lucas y con Joe Johnston para diseñarlas. Las filmaron en San Rafael, cerca de San Francisco, y en Industrial Light & Magic las mezclaron con material de archivo ya existente y con modelos nuevos que armaron especialmente.
El reto no quedó en la imagen. Hubo que estirar la música para que acompañara la secuencia ampliada y hubo que ajustar parte del diálogo para que sonara como comunicación a través de los sistemas internos de la nave, y no como una charla casual entre dos personas a metros de distancia. Es decir, un problema de continuidad terminó metiendo al editor de sonido en el mismo embolado. Y todo, en silencio, sin comunicados de prensa ni asteriscos en la entrada del cine.
Lo que vio un público y lo que vio otro
El 18 de junio de 1980, el estreno masivo en 35 milímetros llegó con el parche ya incorporado. Los espectadores de las primeras semanas en 70 milímetros habían visto un final; los que fueron después, otro. La diferencia pasaba inadvertida para casi todos, pero estaba ahí, como una cicatriz debajo del maquillaje. No hubo cartel que avisara, no hubo comunicado de Lucasfilm, no hubo revisión de crítica. El episodio quedó documentado por J.W. Rinzler en el libro "The Making of The Empire Strikes Back" y figura como uno de los antecedentes más claros del hábito del director de tocar sus propias películas hasta el último minuto posible, costumbre que después se volvería norma con las nuevas ediciones en DVD, Blu-ray y lo que venga.
Sirve, también, para entender algo que después se repitió hasta el hartazgo: si hoy uno cree estar viendo "la versión definitiva" de cualquier producto audiovisual, es probable que sea, en realidad, la versión "definitiva hasta que alguien la cambia a las dos de la mañana". Lucas lo hizo antes de que eso fuera una industria. Y, como casi siempre, lo hizo sin pedir permiso ni avisar. Habituarse, dicen, no es otra cosa que aprender a no quejarse. Acá estamos, cuarenta y pico de años después, yendo a ver las películas sin saber nunca cuál de los finales estamos mirando.
