Un ginkgo, tres siglos y dos horas y media: la nueva película de Enyedi no le tiene miedo al silencio
La realizadora húngara vuelve con una rareza botánica que une a Tony Leung y Léa Seydoux en torno a un árbol testigo de la historia. Una apuesta contemplativa que divide opiniones y que ya se proyecta en algunas salas del país.
Hay una frase que dijo la funcionaria al cortar la cinta inaugural de la temporada y que viene al pelo como arranque de esta nota: "El cine también es un árbol, necesita tiempo para crecer". Claro, si uno se lo toma en serio, lo que acaba de estrenarse es más bien un bonsái: dos horas y medio de paciencia, un ginkgo como protagonista de piedra y tres historias que se cruzan sin hacerse mucho caso. La película se llama El amigo silencioso y la firma Ildikó Enyedi, la húngara que hace casi una década sorprendió al mundo con En cuerpo y alma y se quedó a las puertas del Oscar. Esta vez vuelve con una rareza que no es para todos los paladares, pero que tiene lo suyo.
Un árbol, tres épocas y la misma universidad
La idea de base es simple y a la vez enrevesada: un ginkgo del jardín botánico de una universidad alemana es el punto de encuentro de tres personajes que pasan por ahí en 1908, 1972 y 2020. No es que la película siga al árbol durante un siglo, sino que lo usa de mojón para saltar entre vidas distintas. La narración va y viene entre esas tres fechas concretas, con la fotografía, el cultivo y la ciencia como distintas formas de mirar el mismo objeto verde. Hay algo de ejercicio intelectual en la propuesta y algo de postal europea para de festival, según cómo se lo mire.
En 1908 aparece la primera estudiante universitaria de la historia, que se obsesiona con los patrones de las plantas antiguas y los cruza con la fotografía, como si las hojas fueran negativos y viceversa. En 1972, un chico cualquiera termina cuidando geranios y ahí le pasa algo que la película prefiere mostrar antes que explicar. En 2020, un neurocientífico de Hong Kong, al que pone cara y cuerpo Tony Leung, hace experimentos con bebés y con el ginkgo, sumando la investigación al paisaje. Entre una época y otra se cuelan Léa Seydoux y Luna Wedler, en roles que no hacen ruido pero que sostienen la arquitectura general del relato.
- 1908: una pionera de la fotografía botánica.
- 1972: un joven que descubre algo cuidando geranios.
- 2020: un neurocientífico que trabaja con el ginkgo y con bebés.
El guion y la dirección llevan la firma entera de Enyedi, y se nota: el ritmo es deliberadamente lento, las escenas respiran, los silencios ocupan un rol protagónico y las plantas no son decorado sino casi un personaje más. Eso que para algunos es poesía, para otros es un convite a dormirse en la butaca. Pero sería injusto reducirlo a una postal bonita: hay una idea más estructura sobre cómo los seres humanos se vinculan con lo que crece sin que nadie lo mire, y eso, en tiempos de inteligencia artificial y de urgencias permanentes, tiene su mérito.
Dicho esto, no se puede pasar por alto lo que no funciona. La película se alarga más de la cuenta, ciertos cruces entre las tres líneas temporales forzanean a veces la sensación de "esto lo puso el guion para que se entienda el concepto", y hay tramos en los que la contemplación linda con la pereza. Decir que es una obra maestra porque es lenta y europea es un viejo truco de la cinefilia que esta nota no está dispuesta a repetir. El amigo silencioso es una película interesante, con momentos muy logrados y otros que piden la tijera, y con un final que deja gusto a poco.
Si el plan es gastarse una entrada y casi tres horas de butaca en el estreno de Enyedi, todo bien. Ahora, si lo que uno quiere es cine argentino que también se tome su tiempo pero con otra textura, la recomendación de la semana va por otro lado: dense una vuelta por la programación independiente que se mueve al margen de los circuitos comerciales, que en este momento hay propuestas locales que laburan con el mismo espíritu de y de paciencia, pero con el plus de estar contadas en nuestra propia lengua y con los pies en nuestro barro. Ahí siempre aparece algo que ningún estreno europeo nos va a reemplazar.
Y ya que estamos a las puertas del Septiembre Musical, que otra vez viene cargado de óperas, sinfónicas y veladas en los teatros oficiales, uno no puede menos que acordarse de que ciertos árboles y ciertas partituras tienen bastante en común: los dos tardan una enormidad en crecer, los dos piden silencio a su alrededor y, cuando por fin florecen, uno termina aplaudiendo igual aunque no haya entendido del todo qué acaba de pasar. La diferencia es que a la película de Enyedi uno le puede gritar algo en cualquier momento, cosa que con La Traviata en el Colón directamente no se puede.
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