Casablanca y la maldición de la secuela imposible: cuatro intentos, todos al tacho
Warner Bros. lleva décadas chocando contra la misma pared: el clásico de Bogart y Bergman se niega a tener heredero. Un repaso por los proyectos que se cayeron uno tras otro, desde una secuela de posguerra hasta el plan que casi convence a François Truffaut.
"Encontrar actores capaces de reemplazar a Bogart y Bergman era prácticamente imposible". La frase la soltó el mismísimo François Truffaut cuando en 1973 le ofrecieron dirigir un remake de Casablanca y el tipo, con esa elegancia que tenían los franceses para decirte que no sin parecer grosero, le explicó al estudio por qué la idea era una locura. Y sin embargo Warner Bros. siguió intentando, una y otra vez, durante décadas, como si el hecho de que un clásico sea intocable fuera un detalle menor que se resuelve con presupuesto y buena voluntad. Spoiler: no se resuelve.
Brazzaville, la secuela que se cayó antes de empezar
El primer intento llegó casi en simultáneo con el estreno de la original, en plena euforia posbélica. El estudio le puso manos a un guion titulado Brazzaville, escrito por Frederick Stephani, que preveía recuperar al trío dorado: Humphrey Bogart como Rick, Claude Rains como el capitán Renault y Sydney Greenstreet como Ferrari. La idea era levantar la última conversación entre Rick y Renault y mostrar qué hacía el protagonista con su vida una vez que Ilsa se había subido al avión con Victor Laszlo. Ambicioso, ¿no? El proyecto se cayó cuando alguien con dos dedos de frente señaló que uno de los giros centrales de la historia, revelar que Rick y Renault habían sido agentes aliados desde el principio, contradecía de cuajo la evolución del personaje en la película de 1943. Algo que, visto en retrospectiva, resulta bastante obvio: el encanto de Rick Blaine es justamente que es un tipo ambiguo, no un espía con chapa.
Return to Casablanca y el guion que escribió uno de los padres de la original
De todos los intentos, el más serio fue el que arrancó en los años ochenta. Howard Koch, uno de los guionistas del film original, se sentó a escribir un tratamiento de secuela titulado Return to Casablanca. La premisa era jugosa: dos décadas después, la historia seguía a Richard, el hijo de Rick e Ilsa, que descubría su origen y viajaba a Oriente Próximo en busca de su padre biológico. Koch pensaba contar con Ingrid Bergman para interpretar a Ilsa ya entrada en años, lo cual le daba al proyecto un gancho nostálgico difícil de igualar. El problema, otra vez, fue la realidad: Bergman murió en 1982 y el plan se fue al garete. Koch presentó una versión revisada en 1989 y Warner la volvió a rechazar. Dos veces no, gracias.
La heredera y el regreso que nunca fue
Como si no aprendieran, años después Cass Warner, nieta de uno de los cofundadores del estudio, volvió a la carga con la idea de reflotar la secuela. La respuesta del estudio fue la típica puerta entreabierta de las corporaciones: no, pero reconsideraríamos si apareciera un director dispuesto a bancar el proyecto. Traducido: ni locos nos metemos en eso otra vez, pero si encontrás un suicida que quiera dirigirlo, hablamos. Y así pasaron los años, y nadie apareció.
Moraleja: la resistencia de Casablanca a cualquier continuación no es un tema de falta de iniciativa ni de guionistas faltos de ingenio. Es un problema de fondo, casi diríamos ontológico. El film descansa en un final que no pide continuação, no abre la puerta a nada, no deja cabos sueltos. Rick se queda en la niebla, Renault lo mira y le dice "este es el comienzo de una hermosa amistad", y se acabó. Cualquier cosa que venga después es, por definición, un recorte a esa imagen. Mientras tanto, uno se queda con el original, con esa sensación de que ciertas cosas están bien como están. Y de paso se ahorra el papelón de ver a algún actor contemporáneo intentando replicar la mirada de Bogart. Que, digamos todo, tampoco es que falten candidatos a director dispuestos a meter la pata: están los Christopher Nolan, están los Denis Villeneuve, están todos los que alguna vez soñaron con hacer su Casablanca personal. Pero Warner ya les ganó de mano: les dijo que no antes de que pudieran decir que sí. Lo cual, si lo piensan, es una forma de protección al espectador. Si les interesa ver cómo se intenta revivir un clásico sin pisar el palito, tienen una opción mucho más recomendable: dense una vuelta por la programación off del circuito independiente, donde seguro hay alguna obra chica que toma los códigos del cine de los cuarenta sin la solemnidad del homenaje pompier. Algo siempre aparece, y al menos no obliga a ver a nadie imitando a Bergman con Photoshop. Ah, y una última cosa antes de que me olvide: septiembre es el mes en que todos los festivales musicales del país nos quieren hacer creer que su programación es la más audaz del año. Septiembre Musical, le dicen. Como si los otros once meses no tuvieran música. Pero bueno, es temporada de lanzamientos, y ya sabemos cómo funciona esto: se llenan de notas de prensa, prometen figuras internacionales, y a la segunda semana ya están tocando bandas locales con tres seguidores en Spotify. Hablando de cosas que prometen mucho y terminan en decepción: justo como cada intento de secuela de Casablanca.
