Criar en espejo: la infancia propia reaparece cada vez que un padre se cruza con su hijo
El psicólogo Maxi McCoubrey recorre qué marcas de la crianza recibida son las más difíciles de soltar, por qué repetir no siempre es el problema y qué hacer cuando la propia historia se mete en el día a día con los chicos.
"Con mi vieja era distinto, y yo no quiero lo mismo para ellos". La frase la escuché esta semana en la vereda, mientras un padre esperaba el 109 en Caballito y le contaba a otro la pelea que había tenido con su hijo de seis años por la tarea del colegio.
La escena sirve para entrar en un tema que toca de cerca a muchas familias: la crianza no se inventa de la nada. Venimos de algún lugar y ese lugar aparece, queramos o no, cada vez que tenemos un chico delante.
Hijos de la propia historia
"Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos", resume el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey. Esa historia se cuela en cómo hablamos, en cómo ponemos límites, en cómo reaccionamos frente a un conflicto y hasta en las ideas que repetimos en casa sobre el éxito, el dinero y el cariño.
El punto, dice el especialista, no es repetir en abstracto. Lo que hay que interrumpir es otra cosa.
“Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Las marcas más difíciles de soltar
- Pérdidas silenciadas, que nunca tuvieron un lugar para ser elaboradas.
- Violencias naturalizadas, que se vivieron como normales durante años.
- Vergüenzas heredadas, que pasan de generación sin ponerse en palabras.
- Mandatos rígidos sobre cómo hay que ser, estudiar, trabajar o sentir.
El hilo en común, según McCoubrey, suele ser la rigidez: la dificultad de tolerar que un hijo piense, sienta o necesite algo distinto de lo que se esperaba.
Hacer lo contrario tampoco alcanza
Querer alejarse a toda costa de la propia infancia puede ser una trampa. "Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres", advierte el psicólogo. Quien se crió en un ambiente muy rígido puede terminar creyendo que cualquier frustración es un trauma y dejar al chico sin estructura.
“Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Señales de que la historia se está metiendo
Una pista clara es la desproporción: una bronca que desborda una pavada, una preocupación extrema por una nota baja o la necesidad de tener cada detalle bajo control. Son reacciones que suelen decir más del pasado del adulto que del presente del chico.
Cambiar no es volver a errar menos, sino empezar a hacerse cargo de lo que uno repite. "A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto", propone McCoubrey.
Mientras tanto, en esa misma vereda de Caballito, el padre del 109 me decía algo que resume mucho: "Con los chicos uno termina peleando con los padres que tuvo". Reconocerlo es, para el especialista, el primer paso para empezar a criar de verdad a los hijos que uno tiene, y no a los chicos que le tocó ser.
