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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando Miyazaki viajó a Suecia a venderle un sueño a Lindgren y volvió con los bolsillos vacíos y un archivo lleno de fantasmas

En 1971, el futuro padre de Totoro se plantó en la casa de la autora de Pippi Calzaslargas con una carpeta bajo el brazo. La respuesta fue no. Lo que pasó después es una de las historias más curiosa del planeta: cómo un fracaso se convirtió en la semilla secreta de varias obras maestras del cine animado.

Por Fernando YapuraCultura y espectáculos · · hace 5 d
Cuando Miyazaki viajó a Suecia a venderle un sueño a Lindgren y volvió con los bolsillos vacíos y un archivo lleno de fantasmas

"La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión", dijo Hayao Miyazaki alguna vez, masticando todavía la frustración de un viaje a Suecia que tenía que haberle cambiado la vida y terminó cambiándole el archivo. Porque en 1971, el tipo que hoy es casi un monumento viviente del cine animado se subió a un avión rumbo a Visby con una idea fija: adaptar a Pippi Calzaslargas en formato de serie de anime. Y volvió con las manos vacías, pero cargado de bocetos.

Conviene situarse. Miyazaki e Isao Takahata acababan de salir de Toei Animation por la puerta de atrás, después del fracaso comercial de Las aventuras de Hols, el príncipe del sol. Un productor con ojo clínico, Yasuo Otsuka, los juntó en un estudio chico llamado, sin ninguna vergüenza, A-Pro. La idea era romper con la lógica de producción televisiva de la época, esa fábrica de series semanales donde el dibujo era apenas un vehículo para vender juguetes. Y en ese contexto apareció Pippi, la nena pelirroja, más fuerte que un caballo y dueña de una moneda de oro, creada por la escritora sueca Astrid Lindgren.

El viaje a Suecia y el portazo de Lindgren

Miyazaki viajó personalmente a negociar los derechos. Recorrió Visby, se empachó de paisajes nórdicos y, según sus propias palabras, esa geografía le modificó la imagen de Europa. Pero la reunión con Lindgren fue un hueso. La autora tenía dos razones para decir que no: una cinematográfica y una estética. En 1949 se había hecho una adaptación de Pippi que a ella no le había gustado nada, y además desconfiaba de la animación japonesa, a la que veía como demasiado violenta para sus criaturas de pan dulce y manzanas robadas.

Takahata, que era el que más intelectual leía el proyecto, estaba fascinado con otra cosa: que los libros de Lindgren discutían la tradición de la literatura infantil europea, esa costumbre insufrible de presentar a los chicos como sujetos a corregir, como si fueran un escritorio mal ordenado. Hacer una Pippi japonesa era, para él, una forma de romper con esa pedagogía del nene bien portado.

Lo que quedó del fracaso: bocetos, una nena pelirroja llamada Mimiko y un viaje dieciséis años después

  • El archivo de bocetos y apuntes de investigación que Miyazaki había preparado para Pippi no se tiró a la basura: se recicló en Las aventuras de Panda y sus amigos (1972), un mediometraje dirigido por Takahata y escrito por Miyazaki, donde la protagonista es Mimiko, una nena traviesa y pelirroja con varias pintas heredadas del personaje de Lindgren.
  • Al año siguiente llegó la secuela, confirmando que la inversión no había sido en vano: el estudio A-Pro encontró su propio lenguaje de autor a costa del portazo sueco.
  • La herencia más insólita llegó en 1989, dieciséis años después del viaje: para ambientar Nicky, la aprendiz de bruja, Miyazaki usó como referencia visual los paisajes que había conocido durante la frustrada negociación en Visby. O sea: el viaje que no le dio Pippi le terminó dando una brujita que vuela sobre el mar.

Hay algo profundamente hermoso y profundamente irritante en esta historia. Hermoso, porque demuestra que en el arte los fracasos no se pierden: se transforman, mutan, esperan. Irritante, porque uno imagina el cruce alternativo, la Pippi japonesa de Miyazaki con Takahata dirigiendo, y se le caen las lágrimas. Pero también está la lectura incómoda: Lindgren dijo que no por motivos que, vistos desde hoy, eran discutibles. La animación japonesa no era violenta per se, era violenta para ciertos parámetros europeos. Pero era dueña de su personaje y tenía todo el derecho a poner sus condiciones. Los derechos de autor, antes de los algoritmos, ya eran así: un campo minado.

Y mientras tanto, en La Rioja, el Septiembre Musical sigue vivito y coleando

Uno cierra esta historia con la sensación de que el universo del arte funciona como el Septiembre Musical riojano. Pasan los años, cambian los gestores, se discute si el festival tiene que ser popular o académico, si la grilla oficial privilegia a los amigos de la gestión de turno o a las compañías independientes. Y sin embargo, año tras año, cuando llega septiembre, sigue habiendo un escenario, sigue habiendo un pueblo escuchando, y siempre, siempre, alguien se queja de la programación. Es la única tradición cultural que, como el archivo de bocetos de Miyazaki, nunca se pierde del todo: la queja del público. Y eso, al menos, no necesita autorización de ninguna Astrid Lindgren.

FY
Fernando YapuraCultura y espectáculos

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