Cuatro temporadas, 53 episodios y la misma pregunta: ¿se puede ser buena persona después de muerto?
La serie de Mike Schur usa la comedia para discutir filosofía, moral y los vínculos que nos sostienen en vida. Un repaso por la historia de Eleanor, Chidi, Tahani, Jason, con Ted Danson como el arquitecto del barrio más insólito de la televisión.
Lo dijo Ted Danson en el momento en que su personaje recibe a Eleanor Shellstrop en el paraíso, y la frase condensa todo lo que The Good Place se propuso durante cuatro temporadas y 53 episodios: "Bienvenida, estás en el Buen Lugar". La comedia creada por Michael Schur parte de una confesión demoledora: Eleanor sabe que su vida en Arizona no le alcanzó ni para el purgatorio, y sin embargo terminó en un vecindario diseñado para gente virtuosa. Esa contradicción, jugada con timing de sitcom pero pensada con la rigurosidad de un seminario de ética, es el motor de una serie que nunca volvió a ser la misma después del giro de su primer gran arco.
Elenco y roles: cinco personajes para discutir qué significa portarse bien
- Eleanor Shellstrop (Kristen Bell): vendedora de medicinas fraudulentas, habitante accidental del Buen Lugar, encargada de comprobar si alguien puede mejorar su esencia moral cuando ya está muerta.
- Chidi Anagonye (William Jackson Harper): profesor de filosofía moral especializado en Kant, incapaz de decidir qué ponerse sin consultar un tratado ético de cuatrocientas páginas.
- Tahani Al-Jamil (Jameela Jamil): mecenas británica obsesionada con las celebridades, cuya familia adinerada funcionaba como recordatorio constante de que el dinero no compra la amabilidad.
- Jason Mendoza (Manny Jacinto): floridano con déficit de atención y devoción por la Jacksonville Jaguars, que entiende la ética como se entiende un pase de fútbol americano.
- Michael (Ted Danson): el arquitecto del vecindario, ser todopoderoso con inclinación por los Tropicana smoothies y la planilla de cálculo.
Lo notable de la propuesta es cómo discute con la idea de que la filosofía tiene que ser solemne. Schur y su equipo metieron al utilitarismo, al consecuencialismo y a la deontología kantiana en el living de un barrio americano donde las frutas vuelan y los vecinos revientan en globos cuando se enojan. Las referencias a Aristóteles conviven con un caballo parlante y con Janet (D'Arcy Carden), la asistente omnisciente que funciona como manual de respuestas del más allá. El cruce entre conceptos densos y situaciones absurdas sostiene la serie sin que ninguno de los dos registros aplaste al otro.
El recorrido de los personajes no esquiva la pérdida. Las cuatro temporadas incluyen separaciones, reencuentros, la salida de Chidi de la vida de Eleanor y el paso del tiempo entendido como un lujo aún más escaso que la bondad. La serie nunca presenta la moral como una suma de respuestas correctas: cada decisión de Eleanor, Tahani o Jason arrastra consecuencias que pesan distinto según el capítulo. Esa lógica, más cercana a la ética aplicada que al sermón, es la razón por la que la ficción sigue siendo citada en aulas de secundaria y universidades fuera de la pantalla.
La despedida y la pregunta que la serie deja abierta
El desenlace de la cuarta temporada cierra el recorrido de los protagonistas sin esconder los huecos. La serie deja flotando la pregunta con la que arrancó: ¿se puede modificar la manera de ser de alguien, o el carácter es una condena disfrazada de destino? Es el tipo de dilema que admite debate y al que cada quien responde según el día. Para quienes quieran repasar la propuesta completa, las cuatro temporadas están disponibles en plataformas de streaming, y como contrapunto fuera del catálogo masivo vale la pena buscar "Tuca y Bertie", la serie animada de Lisa Hanawalt que trabajó con parte del mismo universo creativo y propuso su propia lectura del absurdo desde la amistad adulta.
Y ya que estamos, una pequeña bística filosófica de autor local: si el Septiembre Musical de La Rioja dedicara una noche a Chidi Anagonye, terminaría con un concierto de cámara sobre Kant y un coro de bombolegos discutiendo si la melodía principal respeta o no el imperativo categórico. El dilema, claro, es si el público llega antes de que empiecen a explicarlo.
