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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Eddie Horniman se sacó la corbata: la segunda temporada de The Gentlemen lo muestra con las manos en la masa

Guy Ritchie vuelve a Netflix con ocho episodios que llevan al Duque de Halstead del salón de té al barro, en una historia sobre el precio de mandar y la dificultad de bajarse del caballo cuando todavía tiene resto.

Por Fernando YapuraCultura y espectáculos · · hace 36 d
Eddie Horniman se sacó la corbata: la segunda temporada de The Gentlemen lo muestra con las manos en la masa

Vuelve The Gentlemen y, esta vez, no hay aristócrata con buenas maneras: hay un tipo con las manos en la masa. Eddie Horniman, el Duque de Halstead que Theo James encarnó en la primera entrega como un señorito inglés caído por accidente en el negocio del cannabis, reaparece en la segunda temporada tres meses antes de que lo encontremos malherido, arrastrándose por un campo embarrado. El salto temporal no es un capricho narrativo: es la excusa para mostrar cómo se llega a ese punto, y la respuesta es tan incómoda como previsible. El pibe que quería mantener los modales aprendió que los modales, en este rubro, se leen como debilidad.

Un imperio que se quiere grande y un patriarca que se quiere santo

La nueva tanda de episodios pone a Eddie y a Susie Glass frente a un objetivo ambicioso: expandir el negocio más allá del Reino Unido, recuperar tierras alrededor de la finca y moverse con soltura entre el cannabis legal, la política británica y alianzas con el crimen internacional. Para eso necesitan luz verde de Bobby Glass, el patriarca del clan, que en esta temporada aparece más preocupado por su despertar espiritual que por adaptar la empresa a un escenario que cambió mientras él meditaba. Eddie empieza a entender algo que cualquier mandamás aprende tarde: acumular poder implica dejar de permitir que otros decidan por uno. Y que el que firma los contratos termina firmando también las consecuencias.

  • Eddie Horniman quiere llevar las operaciones fuera de Gran Bretaña y necesita with European crime figures.
  • Susie Glass empuja el mismo sueño, pero choca con un Bobby más místico que empresario.
  • La relación entre ambos se vuelve una alianza de gestión, con tensión sexual latente y desconfianza operativa.
  • El patriarca Bobby Glass prefiere el retiro espiritual antes que actualizar el negocio familiar.
  • La temporada introduce el crimen europeo como nuevo horizonte y nueva amenaza.

El universo criminal se europeíza con dos incorporaciones que le sacuden la modorra a la serie: el mafioso italiano Marco Moretti, al que Sergio Castellitto le imprime esa gravedad de viejo zorro que ya negoció con el Vaticano, y su colaborador Cico Maldini, un Michele Morrone que aporta la cuota de imprevisibilidad necesaria para que la cosa no se vuelva un trámite de gentlemen con pistolas de colección. La dupla funciona como recordatorio de que el negocio dejó de ser un cottage inglés con huerta de cannabis: ahora hay que sentarse a la mesa con gente que no pide disculpas cuando entra.

Ritchie, entre el ruido y la idea

Guy Ritchie mantiene la marca registrada: espectáculo visual, violencia estilizada con coreografía de clip musical y humor negro a la bart simpsom que funciona como anestesia entre balazos. Pero esta vez esos elementos no están puestos al voleo. Sirven para construir una pregunta incómoda sobre el poder y sus consecuencias, y para acompañar a un protagonista que se aleja, episodio a episodio, del hombre que era al comenzar la serie. La transformación de Eddie recuerda a la de esos antihéroes clásicos del género que, cuanto más control ganan sobre su entorno, más difícil se vuelve la salida. La serie no lo dice con sermones: lo dice con un plano de Theo James mirando un campo que todavía no seTransformó en cementerio, pero que está en camino.

“¿Hasta dónde puede llegar Eddie Horniman antes de que el costo de ese camino resulte irreversible?”La pregunta que deja planteada la nueva temporada

Si la primera temporada fue una comedia negra con esteroides, esta segunda es el ajuste de cuentas. Menos destreza decorativa, más densidad, y un Eddie que por fin entiende que liderar no es sentarse a la cabecera de una mesa larga: es decidir quién no se sienta. La pregunta es si a Netflix le conviene sostener el tono cuando la historia se oscurece, o si en algún momento la van a canjear por otro thriller con menos pretensiones. Mientras tanto, el espectador argentino que se banque el acento británico y las referencias a la aristocracia rural tiene material de sobra para discutir en el grupo de whatsapp. Y como siempre en estos casos, la recomendación de la casa: si Ritchie les resulta demasiado prolijito, dense una vuelta por el circuito independiente, que este mes hay propuestas en Buenos Aires y Rosario que trabajan el mismo tema del poder y sus arreglos con menos alfombras persas y más barro criollo. Cierro, como es tradición en esta columna, con el chiste obligatorio: si el Septiembre Musical tucumano programa a Eddie Horniman como atração internacional, al menos que sea en el segmento de música de cámara: la suite para arpa y campo embarrado ya tiene público asegurado.

FY
Fernando YapuraCultura y espectáculos

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