Fito Páez contra los patovicas que se creen policía: el show que casi se transforma en una asamblea por las plateas
El cantante frenó el recital en Mar del Plata para defender al público del operativo que impedía pararse. La producción dijo que se trató de un malentendido con el personal de seguridad. Crónica de una noche donde el artista se hizo cargo del laburo que les faltó a los acomodadores.
No son policía, loco, son seguridad. No pueden tocar a la gente. La frase salió desde el escenario del Polideportivo Islas Malvinas en medio de un show de Fito Páez y, como suele pasar cuando un artista se anima a bajarse del libreto, terminó valiendo más que cualquier comunicado oficial. El músico paró la música, señaló al personal y dejó claro que, aunque la noche fuera de él, la defensa del público también le correspondía.
El conflicto arrancó porque el estadio tenía localidades numeradas con distintos precios y la producción había montado un operativo para evitar la clásica migración hacia el escenario. La idea, en el papel, era razonable: que nadie se cuele en una platea más barata y que cada uno pueda bailar en el lugar que pagó. El problema fue el método.
Cuando la seguridad se excede
Según explicó la organización, algunos efectivos interpretaron que la orden era impedir que la gente se pusiera de pie. Traducido: en vez de controlar que cada uno se quede en su fila, terminaron reprimiendo a cualquiera que se levantara a cantar. Es el viejo arte argentino de pasarse tres pueblos con la indicación: te dicen cuidame las butacas y vos terminás cuidándome hasta los pies.
“Exploté y no me arrepiento de una sola palabra que dije con la adrenalina en sangre.”Fito Páez, en sus redes sociales
Después del show, la producción reconoció que hubo trabajadores que se mandaron macanas y dijo que se corrigieron las indicaciones sobre la marcha. También aclaró que ese personal de seguridad cuestionado no había sido contratado por los representantes del músico, detalle importante para repartir responsabilidades. Lo que no se discutió es por qué un recital terminó dependiendo del criterio de cada acomodador.
Mientras tanto, las quejas del público llegaron en dos versiones opuestas. Por un lado, quienes se sintieron avasallados por los patovicas y aplaudieron la intervención de Páez. Por el otro, los que compraron plateas caras y vieron cómo desde el fondo avanzaban sin control hacia sus butacas. Dos verdades que conviven en cualquier recital argentino y que rara vez se resuelven sin que alguien termine indignado.
Una recomendación al margen
Para quien quiera un plan sin discusiones sobre asientos, vale la pena revisar la cartelera de los centros culturales independientes de la ciudad, que suelen trabajar con entradas generales o modalidades a la gorra, donde nadie te va a pedir que te sientes ni te va a correr un guardia de supermercado con chaleco amarillo. El rock, a veces, se disfruta mejor lejos de las gradas numeradas.
Al final, la pregunta que queda flotando es la que la producción no quiso responder del todo: cómo se organiza un recital con butacas numeradas para que todos puedan disfrutarlo. La respuesta fácil sería con sentido común, pero en la Argentina el sentido común suele necesitar un show paralelo para aparecer. Esta vez lo trajo Fito, con un micrófono y sin necesidad de pedir permiso.
Quedó la sensación de que, en medio de la polémica, Páez volvió a hacer lo que mejor sabe: convertir una queja en tema de conversación y dejar al público hablando hasta el día siguiente. Algo que, bien mirado, también es una manera de programar la agenda. Casi nada.
