Fackham Hall: cuando Downton Abbey se cruza con un velorio y termina haciendo stand up
La nueva comedia británica que dirige Jim O'Hanlon y escribe, entre otros, Jimmy Carr, se ríe de la aristocracia con Gladys Mercado adentro: amores imposibles, primos que se casan entre sí y un detective que parece Poirot visto por Monty Python. Una pavada muy entretenida que confirma que el género de época sigue vivo, aunque sea para burlarse de sí mismo.
Mire, lo que dijo el director en el pase de prensa fue casi una declaración de intenciones: la película "trata sobre un grupo de personas horribles que se portan terriblemente mal y a las que pasan cosas horribles". Ahí tiene la síntesis perfecta de Un muerto a la hora del té, la comedia británica que se ríe en la cara del cine de época y, de paso, le mete una patada al estilo de Downton Abbey. La frase, pronunciada por Jim O'Hanlon en la presentación del filme, resume el espíritu de una producción de 97 minutos que toma los manteles de lino, las bibliotecas con paneles de roble y los mayordomos de guantes blancos para convertirlos en el campo de juego de un humor muy del siglo XXI.
El arranque es de manual del melodrama aristocrático: los Davenport necesitan asegurar el patrimonio y para eso recurren a la solución de siempre, casar a la hija mayor con el primo. Poppy (Emma Laird) está a punto de pasar por el altar con Archibald (Tom Felton, que sigue facturando el pelo de Draco Malfoy) aunque ama a otro muchacho de posición claramente inferior. La boda se frustra, y como en toda familia patricia que se precie, la operación rescate del apellido se vuelca sobre la hermana menor, Rose, a quien Thomasin McKenzie le imprime esa mezcla de dulzura y mala leche que tiene el cine británico cuando quiere ir en serio.
Un carterista en la sala de los lacayos
Hasta acá, todo dentro de los códigos del género. La vuelta de tuerca aparece cuando a la mansión llega Eric Noone, un carterista interpretado por Ben Radcliffe que entra a la casa con una carta sin entregar y termina contratado como parte del servicio. Lo que sigue es el cruce previsible entre un romance imposible y las barreras sociales que impone el protocolo, pero tratado como si a Julian Fellowes le hubieran puesto un micrófono oculto. La relación entre Rose y Eric funciona como motor de las situaciones más ridículas, y de paso sirve para que la película haga su segunda mueca al casamiento endogámico y al capricho de mantener el apellido a costa de la felicidad de la descendencia.
El otro gran hallazgo del filme es Watt, el detective a cargo de Tom Goodman-Hill. El tipo es una caricatura exacerbada de Hércules Poirot, con la pipa, los bigotitos y la manía de explicarlo todo en el salón principal delante de sospechosos que se tientan de risa. La investigación de un crimen que aparece promediando la trama comparte cartel con los enredos sentimentales y se integra al mismo mecanismo de relojería absurda que el guion de Jimmy Carr y compañía sabe hacer funcionar: plantar un disparate, dejarlo crecer, y rematar con un remate físico o un juego de palabras que, en el mejor de los casos, hace honor a la tradición del humor verbal inglés.
- O'Hanlon viene de adaptar "Emma" en 2009, así que conoce la trastienda del género: la película no se conforma con la parodia blanda y se anima con comedia física y diálogos de doble filo.
- El elenco combina caras conocidas de la televisión británica con Thomasin McKenzie, la actriz de Jojo Rabbit, y Tom Felton, que parece estar buscando a tientas su personaje posHarry Potter.
- La ambientación conserva la solemnidad de los dramas históricos, pero los chistes rompen esa solemnidad a martillazos, incluidos los blancos obvios como los casamientos entre parientes y la obsesión por el patrimonio.
- La referencia inevitable sigue siendo Downton Abbey, y la película la usa para medir hasta dónde puede tensar la cuerda sin que el espectador sienta que se rompió del todo.
Ahora, discusión con la programación oficial. Mientras la cartelera porteña sigue atragantada de tanques superheroicos, blockbusters pochocleros y una secuela tras otra de cosas que ya vimos, Fackham Hall aparece como recordatorio de que la comedia de costumbres y de época no es un género de museo. Es, en realidad, una de las formas más vivas que tiene el cine inglés de hablar de sus propias clases altas y de las sucias que todavía le quedan. La película se permite el lujo de tomar a los personajes de siempre, los amores vedados, los detectives obsesivos, los mayordomos que escuchan detrás de las puertas, y convertirlos en material de risa sin perder el amor por la forma. Es, en el fondo, una carta de amor escrita con tinta invisible: mientras más se burla de Downton Abbey, más la necesita para existir.
Dicho esto, si lo suyo es el cine argentino y quiere ir a ver algo este finde, tírese de cabeza por Cualquiera tiene un secreto, de Tomás Downey Lipcovich, que se sigue exhibiendo en el cine Gaumont y funciona como una comedia de enredos porteña que, sin hacer ruido, se anima a discutirle el podio a los gêneros de siempre. Y sí, ya sé, estoy recomendando un filme que no tiene nada que ver con la aristocracia inglesa, pero el asunto es que uno se cansa de que la cartelera local sea una fotocopia de la de cualquier complejo de Munro.
En fin, Un muerto a la hora del té es una pavada muy bien hecha. Una comedia que sabe dónde están los resortes de la solemnidad y no tiene empacho en apretarlos hasta que la máquina escupa un chiste. O'Hanlon y compañía confirman que la mejor manera de hablar de un mundo que ya no existe es reírse de él, y de paso dejar en ridículo a quienes todavía sueñan con casarse con un primo para no repartir la quinta. Algo que, por estas latitudes, se celebra cada año en el Septiembre Musical, donde los bodegones del festival suelen tener más parentescos cruzados que la familia Davenport y un aire aristocrático bastante más rancio, pero esa es otra nota.
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